jueves, 12 de marzo de 2015

Domingo III de Cuaresma.

El texto del Evangelio de hoy (Juan 2,13-25), leído en el contexto de la Cuaresma, tiene un sentido bien concreto de purificación y de cambio. Te propongo, para la meditación y la oración personal, subrayar dos elementos del mismo, uno al final y otro al inicio.

El texto de Juan termina haciendo una afirmación importante: “Jesús no necesitaba que nadie le descubriera lo que es el hombre, porque él sabía lo que hay en el hombre” (2,25). Él me conoce a fondo, te conoce íntimamente y no necesita que nadie le exprese lo que siente y lo que hay en su corazón, en su mente y en su vida. San Agustín, admirado, le decía: “Tú me conoces más íntimamente de lo que yo me conozco”. Pero este conocimiento no lo lleva al rechazo y al castigo; lo lleva al amor. Un amor de gracia y misericordia.

Porque nos conoce y sabe de nuestras miserias, se ha entregado por nosotros hasta la muerte en la cruz. Ha dado su vida por nosotros y nos ha amado hasta el extremo. Tal fue la síntesis de la predicación primitiva: “Me amó y se entregó por mí” (Gal. 2,20). Meditar esto en Cuaresma es sumergirse en un océano de amor –como decía Juan Eudes- para dejarse amar y purificar, para llenarse de un amor pleno y transformante, capaz de cambiar nuestra vida y enseñarnos un camino diferente.

Este amor de Dios por nosotros es tildado por Pablo como un “amor loco” y hasta “escandaloso” (cfr. 1 Cor. 1,22-25), porque humanamente no tiene sentido y solo lo podemos entender con el Corazón de Dios.

Deja, entonces, que Jesús venga a ti en esta Cuaresma, entre con todo su poder y purifique el templo de su gloria que eres tú mismo. Cada uno de nosotros es lugar y signo de su presencia, pero hemos dejado que los negocios, el apego al dinero y a las cosas, los placeres, el odio y la injusticia, invadan el corazón y los sentimientos, hasta el punto de hacer de nuestra vida un típico “mercado”, en lugar de ser verdaderamente la casa de Dios.

En un mercado hay de todo y todo está en desorden. Para encontrar lo que buscamos hay que rebuscar y escoger. Por eso Dios quiere poner orden y claridad en nuestra vida. De ahí el segundo texto del que te hablaba, al inicio del evangelio de hoy: Jesús hizo un látigo y purificó el templo, diciendo: “No conviertan en un mercado la casa de mi Padre”.

Cuaresma es tiempo de gracia y bendición, tiempo de purificación y de cambio. Nos corresponde a
nosotros ayudarle a Jesús a hacer este trabajo, desechando de nosotros, así sea con fuerza y decisión, toda clase de apegos, de vicios, de costumbres y sentimientos que se han ido “pegando” a nosotros y no nos dejan ser de Dios y para Dios.

Por eso, tal vez, la liturgia nos remite al texto de Exodo (20,1-17), cuando se estableció la primera Alianza entre Dios y su pueblo. Como un signo de amor, el mismo Señor nos entregó allí las “diez palabras” básicas para saber vivir su Alianza. Si las analizas bien, encontrarás en ellas dos orientaciones claras y precisas, dos caminos concretos: la opción por Dios y la opción por el hermano.

Las tres primeras palabras van dichas con referencia a Dios. “Yo soy tu Dios, te saqué de la tierra de Egipto y de la esclavitud”. Por eso es el Único; solo a Él podemos adorar y servir; solo Él puede ser el centro de nuestro corazón y de nuestro actuar; solo Él merece nuestra alabanza y bendición. Si algo o alguien más poseen nuestro corazón y lo distraen, allí hay idolatría, infidelidad, traición. Si solo Él dirige nuestra vida y reina en nuestro corazón, allí hay amor, respeto y servicio a los hermanos.

Por eso las otras siete palabras se refieren al trato con los demás, que son nuestros hermanos y merecen todo nuestro respeto y generosidad. Casi todas están expresadas en forma negativa (lo que no debemos hacer), pero quien desea vivir activamente la Alianza con su Señor, las asume en forma positiva y las transforma en entrega por el otro, lucha por la vida, valoración del hermano, amor sincero y generosidad sin límite, porque en él habita Dios y con él se puede edificar un mundo más humano.

“Ven a nosotros, Señor, con la fuerza de tu poder y purifica nuestro corazón y nuestra vida, con frecuencia tan llenos de miseria y deslealtad. Destruye en nosotros cuanto se apone a tu amor y danos un corazón nuevo, capaz de amarte a Ti por encima de todo y amar a nuestros hermanos como Tú los amas. Amén”.


P. Carlos Guillermo Álvarez, CJM



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